30 octubre 2019

EL MUNDO DE LOS MUERTOS segun la mitología Griega


El Tártaro, dominio del rey Hades (Plutón) y de la reina Perséfone (Proserpina), estaba en las profundidades de la Tierra.

Hades tenía un enorme perro de tres cabezas y cola de serpiente, llamado Cerbero, que impedía que ningún espíritu escapase y evitaba que los vivos visitasen el mundo subterráneo.

Que fuese precisamente un perro, el animal escogido como guardián del mundo de los muertos se debe a la relación del perro con otras deidades del inframundo, como el dios egipcio Anubis -de cabeza de chacal- cuyo cometido era el de acompañar a las almas de los difuntos, Asimismo tiene relación con Sirio, la estrella-perro que inauguraba el año nuevo ateniense.

Las tres cabezas de Cerbero (tres fases de la Luna) representan a la triple diosa original de la naturaleza, enfatizando sus poderes negativos (los de imponer la muerte). El hecho de que la cola de dicho perro sea una serpiente nos remite a que este sinuoso reptil es el símbolo universal del curso ondulante de los astros y de la vida sometida a los ritmos cíclicos de la naturaleza.

El centinela del Tártaro, el can Cerbero, es el símbolo de la “Ley de vida” la de la Naturaleza que impide a los vivos adentrarse en el mundo de los muertos y a los muertos regresar al de los vivos.

Cuando los mortales morían, Hermes (Mercurio) acompañaba a sus almas hasta la entrada principal y bajaban por un oscuro túnel hasta la laguna Estigia: allí tenían que pagarle a Caronte para que les llevara al otro lado. El pago debía hacerse con los óbolos que los familiares colocaban bajo las lenguas de los cadáveres que, más tarde, se convertirían en espíritus.

Hades se hizo inmensamente rico gracias al oro, la plata y las joyas que había en el mundo subterráneo, por eso lo llamaban también "Plutón", que significa “el rico”. Pero todos lo odiaban, incluso Perséfone, que se compadecía de los pobres espíritus que estaban a su cargo.

A la izquierda del imponente y frío palacio de Hades había un ciprés que señalaba el Lete, el manantial del olvido, en el que los espíritus corrientes se abalanzaban sedientos a beber; quienes bebían de él, olvidaban de inmediato sus vidas pasadas, lo que les dejaba sin nada de que hablar.
Pero también existía el Mnemosine, la fuente de la memoria, señalada por un álamo blanco. Se llegaba a ella susurrando a los siervos de Hades una contraseña secreta que el poeta Orfeo conocía y que sólo comunicaba a algunos espíritus elevados. Los que bebían allí conservaban la memoria de su identidad, tenían permiso para hablar de sus vidas pasadas y podían predecir el futuro. Hades también permitía a estas almas que hicieran breves visitas a la superficie, cuando los descendientes de éstas querían formularles preguntas. Para ello, como pago, los consultantes debían sacrificar un cerdo.

por Adela Ferrer Astróloga